Cuentos reales, no ficción

 Hola!! este espacio fue creado para mostrar mis cuentos y quizás con el tiempo intercambiar y aprender de otros en este proceso de aprender a escribir,

Aprender a escribir es, desde mi punto de vista, saber como expresar emociones, sentimientos e imágenes en el papel y quien lo lea pueda llegar a ver lo mismo que el que escribe.



Ahora les presento un cuento


Gitana

Autor: Alexis Farías

 

    

     Creo que habían pasado alrededor de dos meses desde la última vez que estuve con una mujer, mi exnovia, con la que había mantenido un romance de dos años. Aunque las características de romance no duraron más de la mitad de ese tiempo, el resto fue costumbre y amistad. De eso que se extraña a veces, como una piel que acariciar, un abrazo que sentir, una voz cerca, eso contrario a la soledad o algo similar.

Ese día necesitaba despejar mi cabeza, respirar aire limpio. En realidad, no sé si limpio, pero más helado, no como el aire tibio que tenía en mi departamento, el que se encontraba en un segundo piso. Decidí bajar a la plaza de enfrente.

Corté una rebanada de pan, y me serví un café en la mesa del comedor. Después bajé por las escaleras -pensando en hacer un poco de ejercicio-, descontracturar los músculos algo tiesos por las horas frente al computador trabajando, y descansar la vista de la pantalla. Se acercaba el mediodía.

     La plaza, era como una plaza para adultos. No tenía juegos infantiles, era pequeña, y daba hacia dos calles solamente. El otro límite estaba dado por el edificio donde yo vivía y al costado una construcción a la que nunca le he puesto atención, pero podría ser una biblioteca pública antigua, o un edificio en desuso. En la plaza había seis bancas que nunca estaban todas ocupadas. Por las noches llegaban algunos a beber cerveza o fumarse algo, pero sin escándalos.

Dado que por las calles aledañas no pasaba locomoción colectiva, se podía decir que era una plaza tranquila. Esto permitía estar sentado un rato oyendo el trinar de los pájaros -principalmente loros y chincoles-, o mirando los pinos y los aromos, las hojas gruesas de un gomero gigante que estaba en el centro de la plaza o las pepitas rojas de los pimientos alternados entre las bancas.

     Tampoco quería caminar mucho, la idea era estar sentado en una banca, respirar el frescor del otoño que comenzaba a apoderarse de todos los días, principalmente en las mañanas y en las tardes al caer el sol.

El pronóstico del tiempo en la televisión y mi iPhone aseguraban que llovería. Pero el tiempo es el tiempo y casi siempre los pronósticos fallan, hasta mi equipo celular se puede equivocar, aunque solamente falle en eso.

Elegí la banca que me parecía más aislada del entorno, porque pensaba cerrar los ojos y hacer un ejercicio de meditación que había descubierto hace pocos días y que en general -cuando lo practicaba-, me ayudaba a sentir los pulmones más anchos y bajaba la intensidad de mi ansiedad, generada a ratos, por la soledad de estos últimos meses.

Cerré los ojos, comencé a respirar lento y profundo por la nariz contando hasta cinco, y exhalaba también contando hasta cinco. Eso durante un minuto aproximadamente y después seguí contando hasta llegar a ocho o diez, cada vez más lento y profundo. Estaba en eso cuando una voz se iba acercando, hablando en un idioma extraño que no podía entender, traté de no perder la concentración de mi respiración, pero me fue imposible, la voz estaba demasiado cerca y pertenecía a una mujer. Abrí los ojos.

Era una gitana. La que seguía hablando sin parar, mientras yo la miraba como diciéndole: ¿no te das cuenta de que me estás interrumpiendo?, pero claro, no se daba cuenta, solo pedía dinero y era a lo que venía.

Después de un par de minutos ininterrumpidos de su soliloquio indescifrable, perdí toda concentración en la meditación, volviendo a mi estado normal y la quedé mirando atentamente al rostro. Era una mujer joven, calculo, de unos veinte años -aunque nunca he sido bueno para esos números-, la piel de su cara era clara, algo reseca, sus labios rosados se habían silenciado. Colgaban de los lóbulos de sus orejas aros largos, distintos en cada una. Su pelo era una mezcla desordenada rubia y café, sus ojos celestes y nariz pequeña la hacían parecer una muñeca un tanto descuidada. Su vestido era suelto y algo escotado, llevaba los hombros descubiertos, su piel ahí, era dorada por el sol del verano recién pasado, y dejaba ver lunares de distintos tonos de café claro. Me miraba en silencio, como haciendo las mismas observaciones que yo hacía en ella ¿Quieres dinero? -le pregunté. Volvió a su verborrea imparable, cómo una máquina de hablar, una muñeca programada que no pensaba en nada, solo tratar de marearme con tal de conseguir dinero. ¡Para por favor!, no es necesario que hables tanto -le pedí- y se calló. Te puedo dar dinero, pero así no, por lo menos hablemos un rato para conocerte un poco y le pedí que se sentara en la banca. Ella lo hizo en silencio, en el otro extremo del asiento.

- ¿Cuántos años tienes? -partí.

- Veintiún, me contestó en voz baja.

- ¿Para qué deseas el dinero, en qué lo vas a gastar?

- En comida y remedios.

- Remedios, ¿para quién? -le pregunté.

- Para papá.

- ¿De qué está enfermo?, pero no dijo nada, se mantuvo en silencio -seguro era mentira- ¿Sabes leer la mano?

- Sí, si se leerla.

Estiré mi mano izquierda y la apoyé en la banca, cerca de sus piernas, para que la viera. Se inclinó un poco para observarla. Yo me mantuve erguido y divisé buena parte de sus senos, los que seguramente, nunca habían sido cubiertos por un sostén. Me cogió la mano, y puso la de ella encima, era acogedora, tibia. Me fue imposible no imaginarme todo su cuerpo desnudo, así de suave, tierno y tibio sobre mi cama. Me dijo que yo era un hombre afortunado, que me iba bien en todo, que era sano y que me iba a enamorar muy pronto y que pusiera mil pesos sobre su mano para seguir diciéndome cosas. Yo sonreí, le dije que vivía en el edificio del lado, que había bajado sin billetera, pero que quería pasarle más que mil pesos. Se paró indignada y me echó unas maldiciones: que me iba a enfermar, que no iba a encontrar el amor, que no me iba a ir bien en todo, es decir, negó todo lo que recién me había dicho por culpa de no tener esos mil pesos.

Me acerqué y le cogí el brazo, ella hizo fuerza para soltarse, pero yo la mantuve firme hasta que cedió. ¡No seas tan enojona muñeca! ¿Por dónde está tu carpa?, apuntó en sentido contrario a la calle, y dijo: lejos. ¿Tienes hambre?, sí, me respondió. ¿Qué te gustaría comer? No dijo nada. Mira, si quieres subimos a mi departamento, allá tengo pan, carne, bebida, helados, galletas y chocolates, además de otras cosas. Si subes te dejo elegir lo que quieras para llevártelo y además te paso tres mil pesos. Ella me miró con desconfianza, y negó con la cabeza. Te parece que te dé cinco mil pesos, insistí. Si quieres pasar al baño no hay problema, agua caliente para una ducha, champú, hay de todo.

Subimos por la escalera, no porque me diera vergüenza, si no que a ella le daba vergüenza que la viera el conserje u otras personas. Sus sandalias sucias rechinaban en el piso brillante de las escaleras. Al introducir la llave en la cerradura me preguntó si estaba solo, sí, estoy solo le respondí. Yo entré y ella se quedó parada en la puerta. Avancé hasta la despensa, abrí las puertas y le mostré lo que había. Ella se acercó de a poco, cogió el cuchillo que estaba en la mesa y lo levantó. ¡Tranquila!, no es necesario eso, no te voy a hacer nada, pero siguió avanzando hacia la despensa, yo me corrí hacia un lado dejándole el espacio libre. Ella metió la mano al mueble y tomó un par de cosas; un tarro de duraznos, un paquete de fideos, una salsa. Yo mientras tanto, me corrí hacia el refrigerador y también abrí la puerta. Ella volteó. Dejó las cosas que había sacado sobre la mesa y el cuchillo también. Tomo un yogurt y le dije que se lo bebiera, así lo hizo, le pasé una servilleta. Después sacó una bandeja con bistec, abrió la puerta del frío y sacó una casata de helado. ¿Te sirvo?, me dijo que sí. Saqué dos platos hondos, serví para ella y para mí. Le dije que nos sentáramos. Comió ávidamente, y me pidió más. Le pregunté si quería bañarse con agua caliente, apuntándole hacia el baño del pasillo y negó con la cabeza mientras engullía.

Siempre he oído que las mujeres gitanas son ariscas con los que no son de sus clanes, no hay ninguna posibilidad de que se involucren con un -no gitano-, sin embargo, encontré que era tan atractiva que no podía dejar de pensar en besarla, -previa lavada de dientes- o incluso acostarme con ella -previa ducha con champú- Dado que soy muy disperso con mis pensamientos, me parecía factible romper el mito, creo que ella se sentía cómoda, que tenía confianza en que yo no le haría nada malo.

¿Te parece mucho dinero cincuenta mil pesos? -le pregunté- movió afirmativamente la cabeza. Yo te los puedo dar, pero con una condición. Me quedó mirando cómo a la espera de saber la “condición”. Me alejé un par de pasos y me saqué la polera. Ella se mantuvo mirándome sin decir nada. Luego me desabroché el pantalón, la gitana mantenía la intriga en su rostro. Me bajé los pantalones, me quedé vestido solo con el boxer y los calcetines. Ella se paró y me dijo: ve a tu cama y espérame unos minutos. Yo no lo podía creer, me fui al dormitorio, ella pasó al baño que estaba en el pasillo. Esperé un rato, hasta que oí la puerta del baño abrirse, yo me mantenía expectante recostado. Luego sonó la puerta de entrada y se cerró de golpe.

Me levanté y la gitana no estaba. Había cogido la bandeja de carne, la salsa, el tarro de duraznos y los fideos. Entré al baño; se había llevado la pasta de dientes y el cepillo, además de una toalla.

Mientras desvariaba pensando que iba a romper el mito, caminé semidesnudo hasta el balcón del departamento y vi cómo esa muñeca apuraba el paso cruzando la plaza, con las manos ocupadas, mientras su vestido ondeaba con el viento y sus hombros dorados recibían las primeras gotas del otoño.

 

Ende



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